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¿PARA QUÉ SIRVE REALMENTE UN SOCIÓLOGO?

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François Dubet, uno de los intelectuales franceses más lúcidos de este siglo, examina en este ensayo el ámbito actual de la sociología –sus circuitos de producción, sus implicancias teóricas e ideológicas, sus posibles “usos” y aplicaciones–, desde una singular mirada cargada de agudeza. En una profesión habituada a explicar para qué sirven los demás, el autor apunta su pregunta a los de su propio clan: “¿para qué sirven realmente los sociólogos?”. En tanto productores de saber, ¿pueden someterse a un principio de utilidad? ¿Son comprometidos, contestatarios, expertos de campo, de laboratorio…? Hace ya tiempo que los mitos religiosos y los contratos sociales no alcanzan para explicar cómo se sostienen, se forman y se transforman las sociedades. Ese papel ha quedado vacante, y es el sociólogo contemporáneo quien, en su lugar, ofrece sus servicios; quien, sin bravura ni divismos, observa, entrevista, verifica, aconseja, critica; quien, en última instancia, da respuesta a la necesidad de las comunidades modernas de conocerse y accionar sobre sí mismas. Como afirma el autor, el sociólogo “está en la sociedad, no al lado ni por encima; no es ni el diablo ni un dios, ni colaboracionista servil ni rupturista heroico”. Apartándose del lugar común, y con una pluma tan fresca como incisiva, François Dubet aporta un testimonio fundamental, desde dentro, que permitirá a todo aquel que se aproxime a estas páginas esclarecer el lugar que le cabe al sociólogo de hoy.

¿POR QUÉ PREFERIMOS LA DESIGUALDAD? (AUNQUE DIGAMOS LO CONTRARIO)

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A pesar de afirmar lo contrario, nuestras sociedades "eligen" la desigualdad. Esto, que parece una provocación, es el punto de partida de un ensayo imprescindible. Si se profundiza la brecha entre el 1% más rico y los demás, no es sólo por la lógica cruel del capitalismo financiero sino porque también el 99%, en sus prácticas más cotidianas, genera desigualdades. Todos los que pueden (los más privilegiados, las clases medias) prefieren vivir en barrios donde sólo se encuentran con personas afines, y con el mismo criterio eligen la escuela a la que mandarán a sus hijos, mientras expresan el hartazgo fiscal de dar sin recibir beneficios proporcionales. Como contrapartida, los barrios de los sectores populares se perciben como "zonas peligrosas, amenazantes", al tiempo que los extranjeros parecen más numerosos, los desempleados "abusan" de las ayudas del Estado y los jóvenes pobres y sin estudios están siempre "al borde de delinquir". Con argumentos tan filosos como consistentes, François Dubet plantea la urgencia de afrontar esta situación, en la que los grandes principios que se declaran con palabras rimbombantes (la democracia, la igualdad) chocan con el fraude y la evasión fiscal de quienes tienen recursos, con la estigmatización de los más débiles y con la culpabilización de las víctimas. Para explicar este desajuste, analiza la crisis que, desde los años ochenta, desmanteló los pilares de la solidaridad y la integración social: el trabajo, las instituciones ligadas a la educación, la justicia y la salud, la idea de una nación homogénea y la creencia en la representación política. El gran relato de la integración se ha desdibujado, y los individuos están solos y desconfían tanto de los otros como del sistema en su conjunto. Lejos de la nostalgia reaccionaria por un mundo perdido, Dubet propone construir otra representación de la vida social, de la experiencia compartida, a partir de acciones individuales, de movilización colectiva y de políticas públicas capaces de generar confianza y sentido de sociedad.